Richard Kuklinski (1935-2006), conocido como 'Iceman' ('El hombre de hielo'), es considerado como uno de los mayores asesinos en serie de EE.UU. Condenado por el asesinato de seis personas, se sospecha que sus víctimas pudieron sobrepasar las 200.
Los crímenes comenzaron en su juventud, después de una infancia marcada por los malos tratos de su padre y madre, y se prolongaron a lo largo de tres décadas, ya en el seno de las organizaciones mafiosas que trufaban en las calles de Nueva York.
A pesar de que utilizó muchos métodos para acabar con la vida de sus víctimas, desde armas blancas a armas de fuego, pasando por venenos u objetos contundentes, su apodo vino dado por la manera en que tuvo de deshacerse de muchos de sus cuerpos: congelándolos durante largos periodos para abandonarlos después y así despistar a las autoridades sobre la fecha de muerte.
Primer asesinato en la adolescencia
Kuklinski se crio en Nueva Jersey, hijo de un inmigrante polaco y su esposa, de ascendencia irlandesa. Los dos maltrataban a sus hijos, el primero lo hacía al regresar borracho a casa y la segunda en la creencia de que la mano dura era necesaria en su estricta educación católica.
Los tratos crueles recibidos en el hogar marcaron el carácter tímido y apocado de Kuklinski, y lo hicieron presa fácil de abusones y pandillas de la zona. Él, por su parte, descargaba su rabia en animales como perros y gatos, a los que agredía y maltrataba.

A los 13 años cometió su primer asesinato, algo que relataría él mismo ya entre rejas. Después de recibir una paliza, decidió tomar venganza y esperó a su agresor en una esquina para golpearlo en la cabeza con una barra de hierro hasta la muerte. Nunca fue investigado por ese crimen.
Ingreso en la mafia y asesinatos por encargo
Debido a su proceder, el joven llamó la atención de miembros de la mafia italiana y acabó a las órdenes de la familia Gambino, que lo contrató como su sicario de confianza. Se ocupaba de cobrar deudas, de dar palizas o de asesinar, a cambio de un buen sueldo.
Antes de acogerle le pusieron a prueba: debía matar a una persona al azar. Y lo hizo. En un parque escogió a un hombre que paseaba a su perro, se acercó a él y le disparó en la cabeza por la espalda. Murió al instante.
Kuklinski se ganó su apodo gracias a idear una técnica para despistar a los investigadores, haciéndoles casi imposible situar temporalmente los crímenes.
Durante años perfeccionó todo el proceso del asesinato: acechar a la víctima, acercarse, llevar a cabo el crimen y deshacerse de todas las pruebas, incluidos los cadáveres.
Ganándose un apodo
Kuklinski se ganó su apodo gracias a idear una técnica para despistar a los investigadores, haciéndoles casi imposible situar temporalmente los crímenes.
Empezó a congelar en una cámara frigorífica los cadáveres que iba acumulando, en ocasiones hasta varios años. Posteriormente, los descongelaba y se deshacía de ellos abandonándolos y haciéndolos pasar por una muerte reciente.
Sin embargo, no fue el único método que utilizó para deshacerse de los cuerpos. Otro de sus procedimientos habituales era meterlos en barriles y rellenarlos de cemento, o bien prenderles fuego y posteriormente arrojarlos a un lago.
Los fallos estrecharon el cerco
A pesar de la impunidad que había sentido durante décadas, los primeros fallos hicieron que la Policía se fijase en él. En primer lugar, cogió la costumbre de eliminar a muchos de sus colaboradores más cercanos, en ocasiones por desacuerdos y otras veces ante el temor de que acabaran delatándole. Era el nexo común de un buen puñado de asesinatos relacionados con los bajos fondos.

Pero el error más importante sucedió al abandonar el cadáver de una de sus víctimas, Louis Masgay. Ese hombre fue encontrado con un disparo en la cabeza, pero el forense que le examinó notó algo más: tenía cristales de hielo en su interior.
Ese hallazgo permitió concluir que el cuerpo de la víctima había sido congelado y, tirando del hilo, las autoridades llegaron a Kuklinski, la última persona con la que había sido visto, hacía ya dos años.
Infiltración y cianuro
La acumulación de sospechas hizo que la Policía pusiera en marcha la 'Operación Iceman' y un agente encubierto, llamado Dominick Polifrone, logró infiltrarse en su círculo cercano. Al cabo de algo más de un año, consiguió entablar relación con el sicario.
Durante meses se ganó su confianza, a la vez que grababa todas sus interacciones. El asesino llegó a contarle algunos de sus crímenes e, incluso, acudió a él, para conseguir cianuro, el veneno que utilizaría para una nueva víctima.
Eso fue lo que precipitó su detención. El policía infiltrado le proporcionó un cianuro falso, que Kuklinski decidió probar antes en un perro dejando al descubierto el engaño. En vista de ello, antes de que pudiera actuar de nuevo o bien escapar, se decidió su arresto.
El error más importante sucedió al abandonar el cadáver de una de sus víctimas, Louis Masgay. Ese hombre fue encontrado con un disparo en la cabeza, pero el forense que le examinó notó algo más: tenía cristales de hielo en su interior.
Kuklinski estaba casado y tenía dos hijos. Al parecer, su familia no era consciente de sus actividades criminales, sino que pensaban que el enorme patrimonio que había logrado acumular a lo largo de los años era fruto de actividades comerciales.
Todos vivían en una amplia casa en Nueva Jersey, donde el asesino en serie se llevaba bien con sus vecinos y nada hacía sospechar de su doble vida.
Condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas
Kuklinski fue detenido en diciembre de 1986 y, en marzo de 1988, fue declarado culpable de cinco asesinatos y condenado a dos cadenas perpetuas consecutivas, con la posibilidad de solicitar la libertad condicional a los 110 años de edad, según reportó The New York Times. Tiempo después, la justicia añadiría otros 30 años de condena por otro homicidio.
Murió a los 70 años, el 5 de marzo de 2006, en un ala de seguridad en el St. Francis Medical Center en Trenton, Nueva Jersey.
Durante su vida entre rejas concedió múltiples entrevistas a fiscales, psiquiatras y criminólogos, así como a productores de televisión. Su vida, en ocasiones narrada por él mismo, ha dado lugar al menos a tres documentales, dos biografías y un largometraje.
Durante sus entrevistas confesó un número de asesinatos increíblemente superior a aquellos por los que había sido juzgado. Aseguró haber matado por encargo, pero también por asuntos personales, como si alguien le había mirado mal, e incluso al azar, por placer y para perfeccionar sus habilidades.
Sin embargo, no todas sus confesiones han podido ser corroboradas con posterioridad. Así, se cree que el número de sus asesinatos es muy superior a los seis probados por la justicia, pero hay dudas de si llegan a los dos centenares que el asesino llegó a asegurar que cometió.
A pesar de que han transcurrido dos décadas de su fallecimiento, sigue siendo considerado como uno de los hombres más peligrosos del planeta.








